Soledad.
No es tan mala cuando se comparte. Con un buen libro, una buena canción, un buen pedazo de papel y una pluma, tal vez.
Pero no es la soledad que se siente cuando se está rodeado. Anclado a la gente y sin sentirla cerca. Condenado al bullicio y a sentir el silencio. Un silencio sobrecogedor que te abraza el corazón y hace crujir tus entrañas.
Te hace sangrar por los ojos, en forma de diminutas gotas etéreas. Nada de rojo escarlata, nada de agresión física. Quizás un dolor agudo, atravesando la mente, el cerebro, atravesando el organismo.
Un impulso de acurrucarse en un rincón, para sentir algo de calor propio. Para sentir contacto.
En el preciso momento en el que te sientes vacío y abandonado, ya encerrado en la multitud, desde ese preciso instante en el que quieres huir. De todo lo que te rodea, buscando algo que te haga latir, vibrar, cualquier cosa.
Estás perdido.
Perdido en la inmensidad del silencio.